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Por Martín Pena
Uruguay
Desde el 6 de
abril el Olimar se vistió de sus mejores colores, miles de personas
aportaron un nuevo matiz a este bello lugar del Uruguay, sitio de
reencuentro de emociones, cargado de sentimientos y música. En muy pocos
lugares del mundo debe existir tan vivaz celebración popular hacía su
propio arte.
Se
desarrolla desde hace tres décadas en la capital del departamento de
Treinta y Tres, dentro de un espléndido marco natural. El río Olimar está
a metros del escenario, rodeado por la belleza hirsuta del monte nativo.
Transcurre
entre el primer viernes de Abril hasta el siguiente martes. Provenientes
de todas partes del país, las figuras más descollantes del canto popular
hacen usufructo de un público excepcional.
Para
formar parte de este evento, todos los años, se reúnen alrededor de
30000 personas. Los jóvenes llegan, a dedo, en ómnibus o en vehículos
propios, desde todas partes
del país, Argentina y Brasil. El camping parece transformarse en un
animal con vida propia. Carpas, igloos, y mucha gente conforman esta esporádica
sociedad. La consigna es clara: cinco días de música y diversión.
El
festival en sí es completamente gratis. Uno puede entrar y disfrutar los
espectáculos al irrisorio precio de nada. Claro, eventos de estas
dimensiones cuestan mucho dinero. La Intendencia debe rembolsar por algún
lado; los stands proporcionan la mayor parte del capital.
En
el camping, los precios van desde 300 a 650 pesos. Es muy económico, si
tomamos en cuenta de que entran en los predios, cómodamente, tres carpas,
y uno puede quedarse allí hasta cuando quiera. U.T.E te baja luz eléctrica
hasta tu campamento; los baños son higiénicos, y tenés un supermercado
a pocos pasos.
Hay
un concepto muy arraigado en algunos, el folklore es cosa de
viejos. Cuando ves “guachos” bailando y saltando, bajo la helada
lluvia otoñal, al ritmo que les marcan personajes como Braulio López,
uno comprende la falacia que encierra esa idea.
¿Cómo
ha logrado sobrevivir esta música a través de los años? ¿Cómo se ha
arraigado en las nuevas generaciones? ¿Por qué tiene tanto poder de
convocatoria un festival semejante? Porque los medios de comunicación
masivos ignoran adrede la música de su pueblo. Porque si bien estamos
hundidos hasta las orejas en el mundo globalizado, los uruguayos
necesitamos un espejo donde reconocernos. Porque
a pesar de la ambiguedad de nuestra identidad, invadidos por culturas foráneas,
este país tiene algo que decir. Esa es la principal razón del
mega éxito de nuestra fiesta, carente de publicidad, casi clandestina.
Fiesta a la
uruguaya
Durante
la noche el escenario es la principal atracción, luego de culminada la
función las propuestas son tremendamente variadas. Hay para todos los
gustos. Pululan los fogones, que funcionan como centros de reunión.
Alrededor del fuego, acompañados con
guitarras, todo el mundo se anima a cantar. En cada fogata la gente bebe,
fuma y se conoce, mientras interpretan las canciones “que sabemos
todos”. Algunos bullangueros crean cuerdas de tambores y batucadas, las
chicas danzan al son de la música pagana. Armados de parlantes, otros
improvisan centros bailables en los senderos del camping. Aún así, la
discoteca cercana trabaja al máximo de su capacidad. Aquí se duerme, un
poco, cuando el cuerpo no da más.
La oferta y la
demanda
Variopinto
panorama nos mostraban las diversas galerías de stands. De lo que es
legal, se vendía casi todo.
La
propuesta culinaria incluía, entre otras cosas, cazuelas, empanadas,
asado, comida mexicana, chivitos uruguayos, y, por supuesto, las
infaltables “tortas fritas”.
Dentro
de las bebidas alcohólicas, el vino con frutilla y el con basura
volvieron a ser las predilectas del público, e incluso de este humilde
reportero.
Sorprendió
cuantas tiendas dedicadas a los tatuajes, también su abultada cantidad de
clientes. Sobre la higiene y calidad del trabajo, mejor ni hablemos.
Los artesanos expusieron en una zona exclusiva. Allí, a pocos metros entre sí, se podían apreciar cuyas, mates, esculturas, tejidos, etc. Excelente la postura de la Intendencia que, por el espacio ocupado, a ellos, no les cobró un céntimo.
El
cierre de El Sabalero
En
el plano artístico es un poeta, un músico capaz de evocar, a través de
su música, sentimientos profundos. Apareció en los convulsionados 60,
voz áspera, guitarra en mano, y un puñado de canciones; no ha parado
desde entonces.
Todos
los años se presenta aquí, suele ser de los hombres más ovacionados; la
gente lo quiere. Generalmente ofrece espectáculos de corte intimista pero
con explosiones candomberas, este no escapó a la regla.
Su
banda tenía la particularidad de incluir dos tecladistas, talvez para
recrear aquel sonido de Entre putas y ladrones. Apoyado en ellos,
seguro sobre las tablas, micrófono en mano, a medida que el tiempo
transcurría, fue dejando renacer piezas fundamentales del repertorio
popular. Tierno, furibundo, confidente, todas las facetas de El
Sabalero aparecen en escena cuando canta, se deja llevar por las líricas
¿Es esto lo que hacen a él y su obra creíble? No lo sé, pero conmueven
a la gente.
Los pilares del concierto fueron clásicos como: Chiquillada,
alegre chamarra que narra, con pureza infantil, una utópica etapa de su
niñez. A mi gente y Ya comienza, ritmos candomberos para
recrear el carnaval, fiesta del pobrerío. Angelitos, melodía de cuna,
aborda la angustia que sufren los familiares de los desaparecidos en la
dictadura. Villa Pancha, chamarrita, pinta la paz y tranquilidad respirada
en pueblos pequeños, y el placer de regresar a la querencia. Borracho
pero con flores, candombe al mango, habla sobre el amor que le profesa
al alcohol y su vida de música anda pagos.
Al fin y al cabo, ofreció una performance estupenda, El Sabalero es un hombre de pueblo y sabe como satisfacer a su gente.
Nada d
El martes, ante 35000 personas, cerró Ruben Rada. La gente deliró con la personalidad de este moreno único. Nos hizo cantar, bailar, gritar y reír ¿Cuántos artistas pueden hacerlo?
El repertorio estuvo basado en éxitos como: “Loco de amor”, “Mi país”, y “Muriendo de plena”. Hasta la exitosa en ventas, “Cha Cha Muchacha”, sonó bien es que su banda hace un equilibrio admirable entre el virtuosismo y lo comercial.
El
rumbo que tomó su carrera en estos últimos años ha sido muy discutido,
pero nadie duda de su capacidad. Rada tiene un talento capaz de crear
canciones con ritmos ricos, armonías perfectas, y melodías redonditas.
La
gente quería más, hizo un solo bis. Se fue con una extensa versión de
“La mandanga” que nos dejó embelesados.
Como
broche de oro, fuegos artificiales. Es inútil describir tanta belleza,
hay que estar ahí para comprenderla en sus reales dimensiones. Esta frase
es fiel reflejo, también, de lo que hemos vivido en el Festival del
reencuentro a orillas del río Olimar.
Si bien ha cambiado muchas veces de nombre, este festival se viene efectuando desde hace más de tres décadas. Su trayectoria está plagada de anécdotas, por ejemplo, la vez que hicieron el escenario flotante sobre el Olimar. El río se inundó, se soltaron las amarras, y al escenario se lo llevó la corriente. Por suerte, estamos seguros, al Festival le quedan aún muchos años de vida.
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